lunes, 29 de abril de 2013

Dime qué traduces y te diré cómo te sientes

En todos estos años que llevo ejerciendo como traductora me he encontrado con textos de índole muy diferente. Enfrentarse a cada uno de ellos supone un nuevo reto desde el punto de vista profesional, pero también desde el punto de vista emocional.
Y es que he comprobado que la temática del proyecto que tengo entre manos afecta de manera directa a mi estado de ánimo de ese momento, para bien o para mal.
Quizás esto es algo que se presupone en otras profesiones (médicos, psicólogos, astronautas, etc.) pero no en la nuestra. No obstante, traducir despierta un abanico importante de emociones.

¿Quién no se ha reído a mandíbula batiente con las series de televisión cómicas del tipo Dos hombres y medio o Friends? Al igual que el espectador, el propio traductor pasa ratos muy agradables y divertidos cuando trabaja con los guiones de estas series, de dibujos animados para adultos o de comedias. ¿Os imagináis cómo se lo debió pasar Nino Matas cuando tradujo El gran Lebowski?


 

La otra cara de la moneda la encontramos en los documentos más formales y con una carga emocional mucho más negativa.
Al trabajar para órganos judiciales, pasan por tus manos algunos casos que te producen verdaderos escalofríos. Desapariciones misteriosas de chavales en fiestas raves, asesinatos, robos con violencia, accidentes mortales, autopsias, narcotráfico, abusos, etc. Al conocer estos sucesos con todo lujo de detalles te invade una tristeza que te acompaña por lo menos mientras dura el proyecto.
Con determinadas denuncias, puedes llegar incluso a sentir rabia e indignación al ver las injusticias que se cometen.
 
 Mucho más agradable es cuando tu trabajo despierta en ti un sentimiento de admiración al descubrir los grandes logros alcanzados por algunos y la implicación de la gente en su afán por ayudar a los demás (Es el caso, por ejemplo, de las ONG).
El año pasado tuve la gran suerte de participar en la interpretación del Dr. Jean Luc Montaigner, Premio Nobel de Medicina en 2008 y Príncipe de Asturias en 2000. Quedé absolutamente fascinada con lo que aprendí acerca de la investigación realizada en la lucha contra el sida.
 
 Lo que provocan los folletos publicitarios y las páginas webs corporativas de algunas empresas y determinadas marcas es simple y llanamente un deseo incontrolable. ¿Cómo te sentirías después de varios años viendo sin parar en la pantalla de tu ordenador imágenes como ésta?
 
¡Exacto!

Traducir para marcas de lujo te acerca a un mundo inaccesible para la mayoría de los mortales y te lleva incluso a odiar -de pura envidia- a los que lucen con descaro ese must de Dior, ese Ferrari rojo último modelo o esos Blahnik que te hacen perder el sentido.
 
Frente a este buen rollo contagioso, están esos documentos financieros tan sumamente espesos que generan en ti un estado soporífero y hacen que se eternicen las horas frente al ordenador. Tanta tabla y tanto número reducen tu creatividad a la nada e inundan tus días de modorra. Las semanas que toca cuentas anuales, hasta ir a un cine supone un esfuerzo tremendo.
 
Menos mal que de vez en cuando te entra algún encarguito de esos que hacen que te hierva la sangre de emoción. Si tienes la suerte de ocuparte, por ejemplo, de la traducción de los reportajes de un acontecimiento deportivo como es la vuelta al mundo a vela, vivirás la aventura como si fueras un tripulante más a bordo de uno de esos impresionantes barcos. Sentirás, literalmente, que una ola te pasa por encima.   

 

Porque al fin y al cabo, la traducción es eso: una aventura llena de emociones que te invita constantemente a descubrir y sentir.

Y tú, ¿has sentido alguna emoción especial con alguno de tus proyectos? ¡Cuéntanoslo!
 


 
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